
Cuando los sentidos dan la alarma y el estimulo sexual se instala en la mente, el cuerpo femenino se enciende y comienza su adaptación para responder a la nueva situación. Esa aclimatación tiene cuatro fases: la excitación, la meseta, el orgasmo y el retorno a la calma. La respiración se agita, el corazón late más rápido y la sangre acelera su circulación cuando la pasión inflama el cuerpo. A partir de entonces las respuestas del orgasmo se multiplican.
Las pupilas se dilatan, los labios comienzan a cambiar su color a un rosa fuerte; los pezones aumentan de tamaño, se vuelven más duros y se ponen erectos. Comienzan a aparecer las primeras gotas de sudor producto del aumento de la temperatura interna. La mente parece abstraerse de la realidad y concentrarse solo en ese estímulo sexual que atrae totalmente su atención, que la fascina. Los pechos se hinchan levemente y la vagina responde a las primeras caricias, a los dedos que se deslizan incluso con la tela de la ropa de por medio, estimulándola con un roce continuo. A los pocos segundos ya empieza a reaccionar y pequeñas gotitas aisladas hacen su aparición sobre la piel de los labios vaginales lubricando los pliegues.
Cuando la excitación crece cada vez más, aquellas gotitas se transforman en una húmeda y suave capa que cubre todo el interior de la vagina. La respuesta hormonal incluso rebasa las fronteras de los labios mayores y toma contacto con la ropa íntima.
El clítoris es más lento en su reacción. Los besos, caricias y masajes en los pechos y el chupeteo y mordisqueo de los pezones son una fuerte estimulación indirecta, que sumada a las caricias en el monte de venus y el juego insistente de los dedos sobre el vello púbico, encienden su reacción. Sin embargo, cuando la estimulación es directa con los dedos o la lengua sobre el clítoris este responde más rápidamente endureciéndose y creciendo.
El cuerpo traspasa esa difuminada frontera con la fase de la meseta cuando el ardor sexual inicia su camino hacia el orgasmo. Los pechos aumentan aún más su tamaño y se dilatan las aureolas; los músculos de la vagina se expanden y se muestran más elásticos, dispuestos a aceptar al pene. Simultáneamente los labies menores duplican o triplican su tamaño por la congestión e impulsan hacia fuera los labios mayores, como si fuese una flor abierta.
La excitación sigue en aumento. El clítoris se retrae y la mujer alcanza la plataforma orgásmica, un momento clave antes del estallido del placer en el que la vagina se contrae, disminuyendo su apertura y apretando al pene durante el coito. La temperatura y el ardor llegan a un límite extremo y aparecen manchas rojas en los pechos, la espalda, el cuello y la cara, aunque no en todas las mujeres, ni con la misma intensidad. Los músculos se tensan. La respiración se acelera al máximo. La presión de la sangre desboca las pulsaciones del corazón. Y en ese instante, cuando la boca abierta y ansiosa busca más aire y los músculos se contraen para endurecerse como rocas, estalla la liberación del orgasmo y un placer supremo invade todo el cuerpo.